Está amaneciendo. Es verano. La bruma todavía cubre la superficie del mar con un leve manto que se difumina conforme el día avanza. Se oye el graznar de las gaviotas, el chocar de los cables de los veleros contra el mástil de la mayor al enredarse en ellos el suave viento, que juega a esconderse en los huecos de las rocas y a recorrer el castillo, ya viejo y casi en ruinas, que resiste aún en envite de las olas desde su lugar privilegiado en mitad de las aguas, el mismo castillo que vigila el paso de los barcos desde hace más de dos mil años.
Miro hacia la playa. En el búnker se cuelan los granos de arena, lo sepultan, lo esconden intentando sumirlo en el olvido, como si trataran de borrar el pasado, tan doloroso como triunfal, ese pasado que habla de tantas batallas en que el enemigo fue derrotado, en que sus barcos fueron hundidos frente a estas costas, engullidos por este océano, el mismo que ha visto navegar sobre sus aguas a fenicios, griegos, cartagineses, romanos, musulmanes.... y que también ha visto zozobrar y hundirse sus navíos sin hacer distinción entre unos y otros.
El sonido de las olas al chocar contra el casco del barco me adormece y siento el sol rozándome la piel, haciéndome entrar en calor; la brisa acaricia mi pelo, roza mis labios que aún conservan el sabor a sal del último baño. Cierro los ojos y me dejo llevar. El mar acuna mi sueño, mis reflexiones, y mis pensamientos vuelan. Respiro ese olor a mar, a salitre y humedad, el olor que plaga los recuerdos de mi niñez más temprana y hace aflorar esos momentos que se escondían en lo más profundo de mi memoria, que se empapa en imágenes de veranos que creía olvidados, y por fin lo comprendo.
Si realmente existe un Cielo, lo estoy rozando con la punta de los dedos.
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