sábado, 6 de febrero de 2010

Mamá

La admiro, no lo puedo negar. Es la mujer más sensata, más fuerte, y la que mejor me entiende. Pero a la vez es con la que más enganches tengo, a la que más me cuesta comprender, la persona con la que más discuto, a quien más me cuesta pedir perdón, reconocer que tiene razón, y es a quien menos demuestro lo mucho que la quiero. Nunca me falla cuando todos los demás lo hacen; si me tropiezo, me ayuda a levantarme en lugar de pisotearme como lo haría el resto; si me pierdo, deja encendida una luz para que me encuentre a mi misma. Me ha regañado, dado azotes cuando era pequeña, me ha sonreído, se ha reído conmigo y no de mi, ha estado siempre a mi lado aunque yo creyera estar sola. Y a pesar de las muchas veces que la he decepcionado, sulfurado, enfadado, chinchado, contestado mal, y todas esas cosas que todos hacemos todos alguna vez en la vida, ella no me ha dado la espalda, sigue ahí, encantada de darme un abrazo, de felicitarme cuando hago las cosas bien, de alegrarme el día cuando estoy mustia o de escuchar mis problemas, y es ahí cuando me doy cuenta de lo mucho que te quiero, mamá.

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